Salgo y cierro la puerta. Camino. Camino y me pierdo en numerosos pensamientos. Admiro con atención la naturaleza que me rodea, escucho a las ovejas de la vecina que están a punto de entrar en nuestro jardín para comerse la hierba y así ayudarnos a que no crezca más de lo necesario. Sigo caminando y por el camino me cruzo con una familia que está bajando a la ciudad. Sigo, observo el movimiento sinuoso y danzante de los árboles y la majestuosidad de esos volcanes, por el contrario, o aparentemente, inmóviles. Me concentro en la carretera y sigo adelante, levantando algunos guijarros aquí y allá. Un perro ha decidido acompañarme guiándome en el camino. Camino. Miro a mi alrededor y varias preguntas empiezan a surgir en mi mente. ¿Qué hago aquí otra vez, entre estos caminos de tierra? ¿Por qué estoy de nuevo en el Wallmapu, en el territorio mapuche? Continúo mi camino, y siento que un pequeño nudo en el estómago se hace más grande. Respiro hondo, y envidio a mi fiel compañero que parece despreocupado disfrutando de nuestro paseo.
Llego a mi primera parada. Su sonrisa y el fuerte apretón de su abrazo ya me hacen sentir mejor. Ver es una de las vecinas: trabaja por las mañanas en las ferias, y mientras está en casa cuida a su hijo con un pie roto y a su anciana madre. Está preparando empanadas para la feria de las Mujeres de la Ciudad (a la semana siguiente me enteré de que ha sido premiada como una de las mejores de este evento). Me ofrezco a ayudarla, aunque sé que ella sola lo haría más rápido. Entre las muchas cosas que hace en ese momento, también consigue ponerme en la mano un batido de fruta fresca. Recogemos unos huevos del gallinero, y entre charlas y cumbia resonando de fondo, me despido de ella y reanudo mi paseo.
Me distrae la voz de Dam que veo a lo lejos. Tiene el pelo muy largo, los ojos negros y una sonrisa radiante. Está hablando con ese terremoto de hermano pequeño, que intenta molestar a los gansos con sus sonoras carcajadas. Me doy cuenta de que Dam lleva una caja de herramientas en la mano izquierda y un destornillador en la derecha. Está ayudando a construir la casa, pero antes seguro que ha arreglado las huertas y los invernaderos, donde las lechugas ya están listas para ser cosechadas. Voy a saludarla. Está contenta porque esta mañana ha hecho el examen de acceso a la universidad, que parece haber ido bien, y después podrá ir a jugar a su deporte favorito, el fútbol. Tras un intercambio de abrazos, me voy y me pregunto cómo puede estar tan llena de energía y fuerza, a pesar de que hasta hace unos días cuidaba sola sus tres hermanos pequeños. Tiene 18 años.
A la salida de la puerta todavía está el perrito de antes. Seguimos caminando juntos.
Viv me espera en la puerta y me saluda en mapudungun. Estoy en el umbral de la puerta, pero siento que ella ya está poniendo un plato caliente en la mesa. El olor del pan horneado unos minutos antes me hace sentir como en casa. Me siento a compartir algunas historias con ella mientras disfruto del almuerzo con verduras de su huerta cosechadas por la tarde. Miro por la ventana y la extensión de flores de colores que cuida cada día me distrae un poco. Me promete que antes de volver a casa me dará algunas semillas, para que no olvide dónde he estado. Después de probar el café de trigo, me pregunta si puedo acompañarla al molinero, porque mañana quiere vender la avena, pero aún no ha conseguido molerla. Nos ponemos en camino, cada una con un saco arriba de la espalda. Al cabo de un rato empiezo a quedarme sin aliento. Caminamos un buen rato. Al no tener coche, ella siempre va andando. Sin duda, el molinero tarda menos de lo que nosotras tardamos en llegar. Al final de la molienda emprendemos el camino de vuelta a casa. Hay algo de cansancio, pero aún no he terminado mis visitas.
Mientras camino pienso en la machi San, a quien no he podido encontrar de nuevo desde que regresé. Ella es la figura espiritual mapuche, y su trabajo es ayudar a la gente cuando no está bien. Tiene 24 años y hasta su adolescencia vivió en la capital. Cuando aparecieron los primeros síntomas de enfermedad, como señal de que estaba predestinada a ser machi, decidió dejar la ciudad, el baloncesto y las amistades, para volver a vivir en la tierra de donde proviene. Esta es también parte de la razón por la que a menudo es discriminada, tanto por la comunidad como, más ampliamente, por la sociedad. Su búsqueda de reafirmación como mujer se combina con la de ser machi y mapuche. Hace poco me escribió para disculparse por su ausencia, pero está muy ocupada. Va todos los días a recolectar hierbas nativas y plantas medicinales, que se encuentran en montañas lejanas. Ya sé que cuando está en casa, recibe constantes visitas de pacientes. Parece que su caballo y animal guía ha estado enfermo y, por lo tanto, ella también ha tenido que ocuparse de él. En el poco tiempo libre que le queda, intenta recuperar fuerzas y energías, debilitadas por el cuidado de los demás. Estoy segura de que, cuando llegue el momento adecuado, podré volver a abrazarla. Wallmapu me ha enseñado a esperar y a ser paciente.
De repente me doy cuenta de que ya he llegado a casa de Val. Sus cuatro hijas corren hacia mí y, una a una, me abrazan con fuerza. Hemos hablado algunas veces durante mi ausencia, pero es como si nunca me hubiera ido. En casa me reciben con una tarta por el fin de curso de Ray, y mientras tanto guardan los collares y pulseras que cubren la mesa. Val es una artesana de joyas, y no me refiero sólo a sus hijas, ya maduras para sus edades. Lo que hace y vende en las ferias es arte. Hace poco, la familia tuvo que abandonar el campamento y la ruka, la casa típica mapuche, y mudarse temporalmente a un departamento en el pueblo. Acostumbrarse no es fácil, y la falta de la tierra, el verdor y los animales se nota en sus ojos conmovidos. Tiene mucho trabajo que hacer en los próximos días, para preparar el Guillatún del fin de semana, una ceremonia mapuche para pedir bienestar, fortalecer la comunidad y dar gracias por los beneficios pasados y futuros. También estará presente un par de días en una feria donde venderá sus creaciones. Mientras me cuenta las dificultades y aventuras de estos meses, prepara la cena para la familia y los dueños de la casa. Entre una sonrisa y una lágrima, me cargo de buenas vibraciones, pero también llega la hora de volver a casa.
Los próximos días el despertar será temprano. Mañana iremos lejos. Allí estará Pam, que ha montado un campamento desde hace más de tres semanas, para apoyar a su hijo y a su pareja que están en la cárcel; llevan 78 días en huelga de hambre exigiendo que se respeten sus derechos como mapuches. Pam duerme en una carpa, bajo un puente frente al recinto penitenciario, para transmitir newen, fuerza, a sus familiares, presos del sistema. Xav también debe estar allí. Junto a sus tres hijos, intenta ir todas las semanas a visitar a su marido, que también está preso y lucha por el reconocimiento de su identidad como mapuche. La comunidad le ha asignado el rol de werken, mensajera y portavoz, fundamental para los compañeros de lucha.
Al día siguiente conoceré, por fin, a Cat. El almuerzo con su familia será emocionante. Hace poco asistí al estreno de la película sobre la historia de su hermano. Murió joven, demasiado joven, tiroteado por la policía. Ella ha llevado su lucha día tras día, durante 16 años.
Estas son sólo algunas de las Madres, Hijas, Compañeras, Guerreras, Mujeres Mapuche que he conocido aquí, en esta tierra ancestral. Me sigue sorprendiendo la fuerza que tienen. La sociedad y la vida política las llevan a ocupar una posición marginal, y el poco espacio que ganan muchas veces es considerado una concesión por ser más "vulnerables". De las protagonistas aquí mencionadas, la mayoría han vivido en la capital durante muchos años, decidiendo en algún momento de su vida regresar a su tierra natal. Esto me lleva a cuestionarme a mí misma, hija de inmigrantes, que nunca ha pensado en volver a sus orígenes. Ellas, en cambio, tuvieron el valor de cambiar radicalmente de vida, dejando atrás sus diversas comodidades. Las miro y leo en sus historias las dificultades que tuvieron para encontrar un lugar en la sociedad, tanto chilena como mapuche. Se les explota como encarnación de las tradiciones, pero también existe la idea de que no deben participar en actos violentos y protestas. Si lo hacen, se piensa que es por influencia masculina. Las mujeres de las que hablo son poderosas y luchan cada día. Me gustaría tener aunque sea un poco de esta fuerza. Tal vez son ellas las que me han vuelto a llamar. Tal vez estoy aquí de nuevo para comprenderme mejor a través de estas Mujeres que me enseñan cada día que, a pesar del dolor que a menudo conlleva, la lucha por los propios derechos puede adoptar muchas formas y matices, pero no es, ni será nunca, una lucha equivocada.
Doy una última mirada a la Küyen, la luna, que vuelve lentamente a las sombras al convertirse en Nueva, interponiéndose entre la Tierra y el Sol. Con esta imagen intento cerrar los ojos. Mañana me espera un nuevo paseo.
“Hay gente que ríe, hay gente que llora
Hay gente que vive buscando la gloria
Hay gente que muere pidiendo lo justo
Y hay gente que vive a costa de lo injusto.
Prefiero morirme por los que han callado
A manos siniestras que paga el estado
Al buitre asesino que mata mi Tierra
Y al hombre que gana haciendo la guerra
Y buscar libertad, ah
De mi pueblo que ahora reza
Que se muere en la pobreza
Y cantar, enseñar
Que hemos roto las cadenas
Y hemos vuelto a nuestras Tierras.”
Daniela Millaleo - Trafun



