En memoria del Compañero Anibal, 30 de Augusto 2019

Me habría gustado dedicarte un brindis, esta noche, pues no tenia coraje.
Sabes, como siempre a veces ocurre, la vida sigue, y aquí un amigo se estaba marchando, mientras tu, compañero Anibal, te marchabas para siempre. No fui capaz a mezclar la despedida con un adiós. Y me habría gustado dedicarte una de estas copas felices, para desearte buen viaje, cualquiera el lugar donde vas; pues no creo que todos lo que estaban conmigo habrían entendido el sentido de este deseo, y tu historia es demasiado larga para contarla.
¿Que puedo decirte, compañero Anibal?
Que me siento un poco culpable, y que tengo mucha gana de contar tu historia – lo que yo conozco de tu historia – a unas orejas amigas. Aquí tampoco tengo un tinto para calentar, y esperar que tu digas “bueno, pues” y entras en la casa. Tampoco tengo las fichas de domino lista en la mesa, ni una gorra de paja como las que siempre tenias sobre tu cabeza.
¿Que puedo decirte, compañero Anibal?
Solo tengo una provisión de memorias, y a veces me parece está terminando; esperaba volver para tomar un poco más, también contigo, pues creo que es demasiado tarde.

Como cambian las memorias, cuando uno sabe que ya no podrá vivirla otra vez!
Ellas pierden aquella pequeña esperanza, y se mutan en una nostalgia inconsolable.
La ultima vez que te vi, hace seis años, me acompañaste a tomar mi ultimo chivero, este coche mal-puesto que comunica San José de Apartadó con la ciudad. Me acuerdo que te dije que no necesitabas esperarlo conmigo, sentado bajo el árbol en la calle polvorienta: perdoname, compañero Anibal, pensaba no fuera necesario, pues lo era para ti y para nosotros, y tenias razón a esperar conmigo mi departida. También me acuerdo de estos tres días, cuando me quedé solo en la Comunidad, mientras M. y C. acompañaban a alguien en Córdoba. Me acuerdo de una noche yo y tu, tomando un tinto en la cocina, y tu que te quitas esta cara brusca y me cuentas de tu vida, de los tres años escondido en la Comunidad para protegerte de los paras, de tu tocadiscos con el cual animabas las fiestas, de este hijo que nunca te hablaba, y tu sofrías por el.
Se tan poco de tu vida, compañero Anibal.
Se que me quisiste, como quisiste a todos y todas los voluntarios y voluntarias que pasaban por la casa de Palomas; se que tal vez mirabas al cielo, para ver si lograbas divisar el aéreo de aquellos que regresaban a Italia, a veces para no volver.
Hoy aquí estoy mirando al cielo, compañero Anibal.

Daniele